Una perturbadora carta de un padre a su hijo condensa vidas marcadas por el fracaso y la promesa de un crimen familiar para recuperar un supuesto tesoro en la costa atlántica. Enmarcada en la hostilidad de la estepa patagónica, la novela tensiona los vínculos filiales, la memoria y las expiaciones personales en un relato asfixiante.
La (im)posible construcción de una genealogía: Sebastián Grimberg, Vistamar XI
“Algo de este escribir me asusta.”
Sebastián Grimberg nos tiene malacostumbrados al rito de un nuevo libro cada año y, en cada una de ellos, además de evidenciar el afianzado oficio de narrador, vuelve a sorprendernos con nuevos giros en la construcción de un estilo propio. Esta vez, se trata de una novela breve, publicada por Trapezoide Ediciones a comienzos de este año. El escritor, radicado en El Calafate donde ejerce su profesión de psicólogo desde hace alrededor de una década, decanta en esta ocasión por una novela epistolar, antiguo subgénero narrativo tradicional, con grandes exponentes desde el siglo XVIII, pero que tiene también una importante presencia en la literatura contemporánea. Podemos también pensar aquí en una “novela de filiación”, haciendo propias las palabras del crítico Juan Villoro respecto a la estructura de Respiración artificial, la gran novela del escritor argentino Ricardo Piglia, aparecida en 1980. Lo original, en este caso, es que toda la novela está atravesada por el acto de escritura de una única y extensa carta de un padre a su hijo. Ya el tema de la paternidad y sus desplazamientos entre la huída y la aceptación había aparecido en su anterior novela, El guardián de los cerdos, sólo que en esta obra hay un desarrollo distinto.
El título nos remite a una característica ciudad balnearia de la costa bonaerense argentina. Vistamar XI es uno de esos típicos edificios de departamentos construidos frente al mar y destinados a la actividad turística, un complejo que ya ha pasado su época de esplendor, al igual que la han dejado atrás sus habitantes. Su constructor, Marco, ha hecho fortuna con esos departamentos, décadas atrás. El sueño del pionero Carlos Gesell vuelto realidad y él, Marco, uno de los brazos ejecutores del proyecto turístico de la villa veraniega entre el mar y los pinares. Marco, el abuelo, el italiano inmigrante y fascista, el que se alimentaba de ratas durante la guerra, el que se quedó con parte del oro nazi. Y él, su nieto, el fracasado: un padre que inicia una conversación con su hijo a la distancia, un diálogo que es, en verdad, un monólogo en el que abundan las preguntas retóricas acerca de la inasible relación paterno-filial.
Si la escritura de esa carta manuscrita y destinada a ser enviada por correo, nos aleja de la lógica de la inmediatez en estos tiempos virtuales, desnuda también una de las obsesiones de Grimberg sobre su propio oficio, escribir es lo que da sentido al discurrir cotidiano. Sin embargo en esta novela, con fuerte sesgo autobiográfico, tal como lo señalara él mismo en una nota de 2020, publicada en el sitio web Tren Insomne, quizás el inicio de este libro, entonces aludido como “una posible novela”. Allí, tal como podemos descubrir hoy los lectores, aparece tematizada la complejidad de las relaciones de parentesco, la incomodidad de pertenecer a un grupo familiar con raíces diversas y hasta enfrentadas ideológicamente. Como le sucede al protagonista, a lo largo del tiempo se va haciendo más visible la distancia entre ese abuelo que se revela postizo, fanático de Mussolini y poseedor de una pistola Luger con la esvástica grabada y su familia paterna de origen judío.
Aún así, no hay que creer que nos vamos a encontrar con un relato lineal, en el que personajes malos y buenos se enfrentan. El protagonista ni siquiera es un escritor, en todo caso es un lector fogueado en la lectura de cartas ajenas, en las horas sustraídas a su trabajo de cartero muchos años atrás. Ese entrenamiento es el que lo lleva a tratar de explicar no ya vidas ajenas, si no la propia -la que él ha creído propia- a ese hijo distante en el espacio y el tiempo, retomando el clásico protocolo del discurso epistolar. Apenas hay indicios de que esa carta se escribe desde el sur, un sur desolado de estepa y viento que aúlla, casi como la típica postal de la Patagonia profunda. En verdad, no importa la localización del acto de escritura, ya que quien lo lleva a cabo está atormentado por la derrota, el sur para él es el lugar para expiar el sentimiento de una culpa ominosa, la de haber sido un mal padre, la de no poder amar a su descendiente.
Cuando aludimos a la filiación, vemos que en ese sexto piso de Vistamar XI se ha armado esa trama viscosa del mito de origen familiar, en esa suerte de edad de oro en que el padre, cuando niño, construyó su solitario refugio, ese único sitio donde se sentía a salvo, ya que había un héroe, el abuelo Marco, que alardeaba de un pasado conquistado a base de esfuerzo y de osadía. Esa figura toma dimensiones legendarias, por lo que es entendible la autopercepción del protagonista como un sujeto fracasado, sin fuerzas, pusilánime, incapaz de sostener vínculos fuertes, ya que el lugar del poder le ha sido negado. De ese convencimiento de un paraíso perdido, de la expulsión y el escamoteo de una supuesta herencia, los lectores nos iremos enterando junto con él, a medida de que va tomando conciencia de su propia historia y se da cuenta de que esa relación familiar se ha sostenido en base a una gran mentira, alimentada de silencios.
En esa genealogía, padres e hijos se han visto sucesivamente empequeñecidos y borrados por ese abuelo usurpador del gran relato de origen. Por eso, la única salida posible será el gran acto de arrojo de nuestro acobardado personaje: planear un gran golpe delictivo para recuperar los restos materiales de esa edad de oro y, también, el gesto último para intentar ocupar infructuosamente el rol paterno perdido. Y, sin embargo, cuando lógicamente el acto desesperado del robo salga mal y solo reste, ahora sí, huir hacia ese verdadero exilio en el sur, las palabras finales alcanzarán a reconstruir una imagen borrada de esa memoria familiar, casi una epifanía, la de su hijo entonces recién nacido, que parecía concentrar en su pequeñez la posibilidad de descubrirse y reconocerse sin tener que demostrar nada, de un verdadero comienzo: “Hubo en ese momento sólo un estar de tu cuerpo ínfimo que, sin embargo, parecía llenarlo todo, cubrirnos a tu madre y a mí.”. La historia, una vez más, queda abierta, pero ése es el verdadero triunfo de la ficción.
Un padre, en su desesperación por recuperar lo que considera suyo, le propone a su hijo, a quien hace años que no ve, un crimen familiar. Intentará recobrar aquello que considera suyo y arrebatado. Sin embargo, a medida que leemos esta novela epistolar vamos descubriendo que en su afán por obtener una herencia negada, el protagonista descubre que es algo mucho más importante que lo material lo él que necesita rescatar. ¿Reconocimiento?¿Sus raíces? ¿Sus orígenes? ¿Ser comprendido y aceptado? ¿O quizás será simplemente comprenderse y aceptarse?
¿Se puede recomponer una relación que nunca fue? ¿Puede un padre, a través de una carta, expresar lo nunca dicho? En esta novela el padre le escribe a su hijo. Y en ese intentar explicarle lo que siente, va descubriéndose y entendiéndose cada vez más. Y se explica a sí mismo. Y reflexiona acerca de sus propios errores, amores y creencias.
“Vistamar XI”, una novela que susurra al oído cosas que no queremos escuchar. Un libro que reflexiona acerca de los secretos familiares, los lazos de sangre, la fuerza y la fragilidad del amor, los antepasados y la historia compartida por generaciones que forma parte de nuestro ADN.
Vistamar XI, de Sebastián Grimberg, publicada por Trapezoide es una novela breve pero intensa cuyo mayor mérito - entre los varios que tiene- sea tal vez la creación de una voz. La voz confesional de un padre hablándole a su hijo, explicándose, y tratando de darle sentido a una relación de alejamiento constante que apenas tuvo chances de acercamiento, que él mismo malogró. El padre escribe una carta a un hijo idealizado, aquel que, en su imaginación, escucha en silencio, y encaja las piezas de un rompecabezas familiar plagado de destratos y desprecios.
En la carta cuenta todo: su vida fracasada, su admiración por el abuelo Marco, un italiano inmigrante que, afincado en Villa Gesell, se reconvirtió en constructor y empresario exitoso, suerte de patriarca que decidía sobre todo, inclusiones y exclusiones en el paraíso familiar. Y figura ambigua: su fortuna podría venir de un espúreo origen vinculado al mito de los Nazis en Argentina...
Ya grande, ya un fracasado en todos los aspectos de su vida, el padre le propone al hijo un 'crimen' familiar que podría hacer justicia por el destrato de Marco a él y a su madre, y que podría ser la redención, jugándose a una sola carta que no se sabe si es la ganadora. El edificio Vistamar XI es el escenario de muchos recuerdos infantiles, ya que ahí vivía Marco, y ahora, ya muerto, es el escenario del acto justiciero que el padre propone al hijo.
Debret Viana en la contratapa relaciona lúcidamente Vistamar XI con la Carta al padre, de Kafka. Yo agregaría a Arlt, y a lo que Oscar Masotta vio en los personajes arltianos: la humillación, el silencio, la rabia, la mirada del otro como un espejo en donde se ve el propio fracaso.
Además de la voz, otro de los aciertos es la exploración del lazo padre/hijo y de los miedos, expectativas y frustraciones que la paternidad encierra. El padre termina su carta con una imagen bellísima que es el único cierre posible para esa escritura que a la vez lo asusta y lo libera.