Sebastián Grimberg
Prensa y crítica

Reseñas: La guerra de los secadores

Revista L'autre Amérique

“La lucha de los desclasados”

Por Roberto Montaña

Tres empleados de una estación de servicio deben enfrentar a un grupo de marginales que limpian parabrisas en los semáforos. Se disputan el territorio, el botín es una mísera propina y la herramienta que blanden es un secador empapado en agua y detergente. Se trata de una batalla tan singular como ordinaria, tan extendida como ignorada: es la batalla de pobres contra pobres, la lucha por la supervivencia en los bajos fondos del capitalismo.

Esa es una de las virtudes de La guerra de los secadores, aportar una mirada de soslayo sobre los márgenes de la sociedad, donde todas las formas de injusticia decantan hasta conformar una realidad muchas veces atroz. Y lo hace de manera entretenida, sin pretensiones ni didactismos, retratando con humor un mundo sórdido. Posee esa rara virtud de ser amable con el lector mostrando su verdad sin caer en maniqueísmos ni abundar en posturas políticamente correctas. Sus personajes, bien logrados, con sus limitaciones y sus sueños truncos, rezuman humanidad y generan empatía. Hay en la prosa de Grimberg un parentesco con esas peleas quijotescas y alocadas que uno encuentra en Roberto Arlt, en esos personajes que siempre buscan salvarse o cambiar el mundo con sistemas imposibles. El desangelado protagonista de La guerra de los secadores es mucho menos ambicioso, lo único que pretende es recuperar el amor de Melisa y sobrevivir en una sociedad que lo ignora.

Si bien la base de la novela es una batalla entre personajes de la misma clase social, hay un avance vertiginoso que poco a poco la convierte en otra cosa, algo que no sabemos muy bien qué es y ahí está otro de sus méritos. La aparición de elementos mágicos o esotéricos —una bruja con poderes sobrenaturales, visiones aterradoras, cierta bruma que acecha— le da una dimensión nueva y propone lecturas divergentes.

Existe una mirada en algún punto fantástica. Pero no un fantástico en el sentido borgeano o el que supo cultivar García Márquez. Hay una especie de irrealidad compartida en los personajes, cierta lógica de supervivencia que tiene su propia dinámica y no obedece a los cánones preestablecidos. Se toman decisiones que no conducen a ningún lado o si conducen, muchas veces producen efectos contrarios a los deseados. Y eso no importa, porque en algún punto solo vale estar en movimiento, como si el movimiento por sí solo fuera una solución. Más que “realismo mágico” se trata de un “pensamiento mágico”, esa dimensión que, lejos de desaparecer, goza de buena salud y sobrevive en los intersticios de nuestra sociedad hiperconectada.

— Roberto Montaña
Fundación La Balandra

Una estación de lo tragicómico

Por Anahí Flores

Desde las primeras páginas, el narrador de La guerra de los secadores, de Sebastián Grimberg (Desde la Gente, 2021), nos avisa que él es dramático. De esta forma, entramos en la novela advertidos de que algunas cosas tal vez nos sean contadas con un tono exagerado.

La historia está ambientada en una estación de servicio, que es el lugar donde el protagonista trabaja llenando tanques, limpiando autos, baldeando baños. El equipo de trabajo, que tiene sus propias internas y fricciones, está formado por él y dos empleados más. Cierto día, un grupo de chicos se instala en el semáforo de la esquina a limpiar los vidrios de los autos que pasan y a partir de ahí se desata una tensión entre esos chicos y los empleados, ya que la situación afecta las propinas de estos últimos. Sabemos del protagonista que se esmera en no mancharse, para no tener que lavar la ropa tan seguido. “No mancharse es todo un arte”, nos dice. Mancharse o no mancharse para él no es un detalle menor: antes trabajaba en un local de lavado de ropa donde el vapor y el calor eran tan fuertes que parecía, nos cuenta, estar en el trópico. Cada situación laboral por la que pasa la vive con agobio, y las diferencias de clases sociales están presentes a diario en los autos de lujo que llegan a toda hora a la estación de servicio.

La novela está cargada de detalles tragicómicos. Este tono tragicómico vuelve la historia más liviana, a pesar de la fuerte insatisfacción que el protagonista tiene constantemente, ya sea por su vida actual —limitada a dormir e ir a trabajar—, o por su vida pasada —en la que está incluido el recuerdo recurrente de una novia que lo abandonó y en quien él sigue pensando—, o incluso insatisfacción por su futuro próximo y lejano.

— Anahí Flores
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