Un clima enrarecido y perturbador
Según la escritora estadounidense Flannery O'Connor, la longitud del cuento debe medirse por su profundidad y no por su extensión. Esta escuela, que tiene su referente máximo en el minimalismo de Raymond Carver, parece ser la elegida por Sebastián Grimberg para su debut literario: una serie de cuentos breves que se extienden en la lectura en búsqueda de ese sentido encarnado escondido en cada uno de ellos.
Quizás ése sea el patrón de los once relatos que componen este libro, ya que en cuanto a géneros abarcan desde el costumbrismo hasta la ciencia ficción, pasando por el humor o lo fantástico. Los temas tienen un universo en común: dramas familiares, tensión sexual y crisis de pareja, punto en el que también parece retomar ciertos tópicos de la tradición estadounidense. Con una prosa clara y prolija, Grimberg tiene la virtud de crear un clima enrarecido y perturbador que, a poco de ser creado, da paso al siguiente relato. La continuidad, en este sentido, está dada por el libro como unidad o atmósfera cerrada, por momentos agobiante. Un hermano se ve obligado a mediar en la relación entre su hermana y un amigo traidor. Una adolescente es filmada secretamente en el consultorio de su ginecólogo, una fantástica maquinaria estatal establece la duración del amor, una pareja busca recuperar su relación en una clase de tango, un hombre es devorado sentimentalmente por la serpiente de dos cabezas conformada por dos hermanas en apariencia diferentes, una familia se ve atrapada por el agua que sube en una casa cuyo sistema inteligente de climatización ha fallado. Las tramas son precisas y, en muchos casos, sugerentes. No hay espacio para el absurdo ni el sinsentido. La paradoja reside en que, en esa perfección, muchos relatos pierden su fuerza al contar más de lo que se muestra o, por efecto contrario, en la exigencia de sugerir ante todo. En cambio, se destacan los relatos que escenifican el conflicto sin recurrir al resumen o a la dilatación. Dos de ellos, “Control médico” y “Maestro rural”, tienen el mérito de inquietar al lector, al alejarse de ciertos lugares comunes o de lo politically correct. En estos cuentos la ingenuidad se transforma rápidamente en perversión, y el lector no puede más que sentir cierto rechazo al terminar de leerlos. Ese malestar, que persiste a la lectura, es uno de los aciertos de este libro. No se trata de una incomodidad como búsqueda de efecto o golpe bajo, sino más bien el resultado de una experiencia difícil de enmarcar. ¿Es “Control médico” una apología a la pornografía infantil, o “Maestro rural” una recreación de la Lolita de pueblo? Será tarea del lector encontrar el sentido de estos relatos que, en su desafío, insinúan las buenas intenciones estilísticas de su narrador.