Sebastián Grimberg
Prensa y crítica

Reseñas: Cada siete segundos

Revista Ñ — Libros / Narrativa Argentina

Un clima enrarecido y perturbador

Por Pablo Ali

Según la escritora estadounidense Flannery O'Connor, la longitud del cuento debe medirse por su profundidad y no por su extensión. Esta escuela, que tiene su referente máximo en el minimalismo de Raymond Carver, parece ser la elegida por Sebastián Grimberg para su debut literario: una serie de cuentos breves que se extienden en la lectura en búsqueda de ese sentido encarnado escondido en cada uno de ellos.

Quizás ése sea el patrón de los once relatos que componen este libro, ya que en cuanto a géneros abarcan desde el costumbrismo hasta la ciencia ficción, pasando por el humor o lo fantástico. Los temas tienen un universo en común: dramas familiares, tensión sexual y crisis de pareja, punto en el que también parece retomar ciertos tópicos de la tradición estadounidense. Con una prosa clara y prolija, Grimberg tiene la virtud de crear un clima enrarecido y perturbador que, a poco de ser creado, da paso al siguiente relato. La continuidad, en este sentido, está dada por el libro como unidad o atmósfera cerrada, por momentos agobiante. Un hermano se ve obligado a mediar en la relación entre su hermana y un amigo traidor. Una adolescente es filmada secretamente en el consultorio de su ginecólogo, una fantástica maquinaria estatal establece la duración del amor, una pareja busca recuperar su relación en una clase de tango, un hombre es devorado sentimentalmente por la serpiente de dos cabezas conformada por dos hermanas en apariencia diferentes, una familia se ve atrapada por el agua que sube en una casa cuyo sistema inteligente de climatización ha fallado. Las tramas son precisas y, en muchos casos, sugerentes. No hay espacio para el absurdo ni el sinsentido. La paradoja reside en que, en esa perfección, muchos relatos pierden su fuerza al contar más de lo que se muestra o, por efecto contrario, en la exigencia de sugerir ante todo. En cambio, se destacan los relatos que escenifican el conflicto sin recurrir al resumen o a la dilatación. Dos de ellos, “Control médico” y “Maestro rural”, tienen el mérito de inquietar al lector, al alejarse de ciertos lugares comunes o de lo politically correct. En estos cuentos la ingenuidad se transforma rápidamente en perversión, y el lector no puede más que sentir cierto rechazo al terminar de leerlos. Ese malestar, que persiste a la lectura, es uno de los aciertos de este libro. No se trata de una incomodidad como búsqueda de efecto o golpe bajo, sino más bien el resultado de una experiencia difícil de enmarcar. ¿Es “Control médico” una apología a la pornografía infantil, o “Maestro rural” una recreación de la Lolita de pueblo? Será tarea del lector encontrar el sentido de estos relatos que, en su desafío, insinúan las buenas intenciones estilísticas de su narrador.

— Pablo Ali
Tiempo Argentino — Cultura (3 de agosto de 2015)

El cuento fantástico, un género que goza de buena salud

Por Juan Pablo Cinelli

La publicación de los relatos del narrador y psicólogo Sebastián Grimberg compilados en Cada siete segundos demuestra la vigencia de una tradición literaria que en nuestro país tiene referentes ineludibles.

Los cuentos, ese pantano literario en el que la industria editorial teme cada vez más meter sus patas, siguen siendo uno de los motores más ruidosos de las letras en la Argentina. No deja de ser paradójico que en el país donde la literatura llegó a sus puntos más altos en las obras de grandes cuentistas —de Cortázar a Briante, o de Walsh a Fontanarrosa, sin olvidarse ni de Ocampo ni de Wilcock ni de su estrella más luminosa, el omnipresente Borges, sólo por hacer mención de puntos bien distantes e ineludibles dentro del cosmos del cuento nacional—, muchos editores aún sostengan cierto rechazo al que habría que ubicar entre la alergia y la fobia por el género.

Aunque esto es real, tampoco puede decirse que el cuento argentino sea una pieza de arqueología, porque así como hay editoriales para quienes el asunto es anatema, hay otras que gustosas le abren sus puertas y que con la publicación de nuevos autores permiten que una partícula fundamental del genoma literario de nuestro país siga gozando de buena salud. Es el caso de Sebastián Grimberg y su primer libro Cada siete segundos, editado por Editorial Conejos.

Lo primero que puede decirse es que los relatos breves que recogen sus páginas responden a un ADN vinculado al linaje del cuento fantástico, tal como este es definido de facto por los trabajos de muchos de los autores recién mencionados. Relatos en los que la realidad se pliega sobre sí misma, a veces de manera obvia, otras de forma apenas perceptible (pero siempre detectable), generando esas atmósferas enrarecidas que el propio Rodolfo Walsh utilizó como excusa para los cuatro extraordinarios volúmenes de su Antología del Cuento Extraño. Características que se verifican en los once relatos que componen el libro de Grimberg y que al conocedor le traerán a la memoria el sabor clásico del género. Sensación que se potencia en las referencias que en el libro se hacen de autores como Antón Chejov, Antonio Di Benedetto, Juan Carlos Onetti o el propio Borges y que señalan abiertamente la voluntad del autor de encolumnarse dentro de una tradición determinada.

Si bien los cuentos se desarrollan en no más de diez páginas y en general no superan las seis, Grimberg consigue una densidad y un peso que convierte a algunos de ellos en modélicos respecto de qué es y cómo debe escribirse un cuento. En ellos no hay tiempo para hacer que el lector se vaya sintiendo confortable y suavemente sumergido en una historia que, como ocurre con las novelas, puede permitirse los lujos de la digresión y el detalle.

El escritor de cuentos tiene la obligación de atrapar al lector desde el comienzo, tomarlo por las solapas y no darle oportunidad de mirar para otro lado que no sea el texto. Fracasar equivale a que el libro vuelva a su estante para siempre. Grimberg lo sabe y algunos de los comienzos de sus cuentos son un empujón al borde del abismo. "En calzoncillos, parado frente a él, yo esperaba llorando y con el cuerpo tieso. Sentado en el borde de mi cama, con aire distraído, dijo: te voy a enseñar lo que le hacían a los judíos. Después me dio una piña en el pecho..." Así comienza "El buen alumno", uno de los cuentos incluidos en Cada siete segundos, en el que el protagonista se encuentra, ya adulto, frente a la posibilidad concreta de reparar algunos abusos sufridos durante su infancia. Un relato que de algún modo propone que no hay mejor revancha que aquella que ofrece la memoria al ser traducida en palabras.

Pero los relatos de Grimberg no sólo impactan de manera individual, sino que ofrecen al lector un recorrido temático muy variado, en donde no faltan el humor y el sexo, la angustia y la furia. Cuentos como "La anfisbena" o "El espejo", ambos de algún modo borgeanos más por tema que por estilo, en donde lo cotidiano se deforma hasta volverse ajeno. O una ciencia ficción elegante, tal como podrían concebirla Ray Bradbury o Elvio Gandolfo, en "La máquina del amor". Y, siempre, una mirada atenta que ofrece una versión de la realidad como sólo puede ser vista desde el marco pequeño y fabuloso del cuento fantástico.

— Juan Pablo Cinelli
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