Sebastián Grimberg
Fragmento de novela

Morsa (2026)

Uno

En el depósito todo era viejo, incluso los diarios; dos meses tenía la noticia que leyó. Hablaba de una travesti hallada en un hotel de Constitución «con el rostro deformado a golpes de un objeto contundente». Entre las marcas particulares de la víctima, se señalaba una mariposa tatuada en el hombro derecho.

Morsa dio unos pasos vacilantes hacia atrás, tropezó con una caja llena de muñequitos Jack y su cuerpo, que él mismo frente al espejo había comparado a uno de esos menhires que cargaba Obélix, amenazó con caer sobre la vitrina donde Manuel guardaba bajo llave el primer número de Nippur de Lagash, de El Hombre Invisible y un daguerrotipo donde se veía a un grupo de soldados durante la Campaña al Desierto. Sin embargo, no cayó; su cuerpo, con el peso distribuido en su mayor parte en la zona inferior, tambaleó un poco, como esos muñecos inflables para niños, y volvió a estabilizarse en su centro. Entonces Morsa sacudió la cabeza a un lado y al otro, negando. Abrió y cerró los ojitos varias veces, se ajustó los anteojos culo de botella, y volvió a la noticia donde se informaba que una travesti había sido hallada, con la cara destrozada, en la pieza de un hotel.

Se dijo, aunque no tenía más fundamentos que las imágenes vistas en Internet, que las mariposas (al igual que los dragones, que los duendes, los caballos y los corazones) eran uno de los tatuajes más comunes que podían existir. «No portaba documentación», decía también el artículo, y agregaba que otra travesti la había identificado por la ropa, cosa que podría ser fuente de error; la mayoría de las travestis que Morsa conocía vestían más o menos igual, si podía decirse que las minúsculas piezas de ropa que llevaban de noche constituían un vestuario. Morsa se dijo, una vez más, que no, que no podía tratarse de Maru; aunque eso explicaba su ausencia en la calle en la que siempre paraba, y que para el último encuentro lo hubiera dejado plantado en el hotel. Por un momento se alegró de la posibilidad de que hubiera sido ella; si estaba muerta, no lo había dejado solo mirando el mapa de manchas y grietas del techo de la pieza, la luz que se colaba por las rendijas de la persiana de chapa; si estaba muerta, no lo había rechazado, abandonado, también ella. Pero eso duró solo un momento, porque se dijo que, si estaba muerta, nunca volvería a sentir sus manos.

Releer la noticia con detenimiento no le llevó más de treinta segundos, tan escueto era el asunto, tan poco espacio ocupaba en la totalidad de la página. No había leído mal: lo que tenía tatuado la travesti cuya muerte se informaba en un recuadro seis veces menor al anuncio de plan de ahorro automotor que tenía al lado, era una mariposa. Panambí, le había dicho Maru sobre el tatuaje que ella tenía en el hombro. Panambí significa mariposa, dijo, antes de reírse, de inclinar la cabeza y que la cortina del pelo le tapara la cara y el hombro desnudo.

Morsa dejó el diario sobre la caja que contenía la colección completa del Hombre Araña, y buscó en la computadora el hotel que se mencionaba en el artículo. «Los tilos», escribió en el buscador. Después buscó en el mapa la dirección que aparecía junto al resultado: «Los Tilos. Hotel Familiar».

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