«Subir a un árbol», pensó Federico, como si fuera tan fácil. Era lo que le había dicho su madre cuando le permitió salir:
—Ya sabés, si aparece un perro, te subís rápido a un árbol.
—Federico había contestado que sí con la cabeza, pero su madre insistió—: ¿Me oíste?
—Sí —dijo Federico, apretando los dientes.
Afuera el viento arremolinaba la tierra y lo obligaba a entrecerrar los ojos. A pesar del sol, se subió el cierre de la campera hasta arriba y decidió ir a buscar a Mauro sin preguntarle a su madre. Sabía lo que ella le iba a decir:
—¿Siempre tenés que buscar a alguien? ¿No podés jugar solo?
Federico la odiaba cuando le decía así. ¿Por qué le molestaba que fuera a buscar a sus amigos? Mauro, a pesar de ser un año menor que él, era su mejor amigo. Si Federico proponía tirar piedras al arroyo, lo acompañaba, si proponía jugar a la pelota, accedía, si le pedía que le regalara un autito, se lo daba. Era el único chico de la manzana al que Federico le llevaba una cabeza —había oído decir a sus padres que Mauro tenía un problema de crecimiento— y, sobre todo, no le decía «llorón» ni lo empujaba, como sus compañeros de colegio.
La casa de Mauro estaba al costado de un terreno que tenía un taller mecánico al fondo. Enfrente de su puerta se acumulaban carcasas de autos oxidados. Federico se asomó a la ventana y vio la televisión encendida. Golpeó el vidrio despacio. Enseguida apareció la cabeza de Mauro. Tenía el pelo revuelto y los ojos hinchados, como si hubiera estado llorando o recién se levantara de dormir.
—¿Podés salir? —preguntó Federico.
Mauro puso cara de no haberlo oído.
—Si podés salir —repitió Federico lentamente, como si Mauro pudiera leerle los labios. Alzar la voz, con el viento que corría, no tenía sentido.
Mauro hizo que no con la mano y Federico, sin escucharlo, entendió lo que le decía desde el otro lado del vidrio: estoy castigado.
Habían pasado cuatro días desde que se cayeron al arroyo, y todavía no lo dejaban salir. Federico saludó con la cabeza y caminó entre las carrocerías de autos y camionetas. Se metió en uno que aún tenía las butacas. Le hubiera gustado que también tuviera las puertas, para que el viento que le picaba en los cachetes no lo atravesara de lado a lado. El tablero, con sus botones de colores, estaba intacto. Intentó jugar a la nave espacial, pero sin Mauro no era lo mismo. Pensó que si tuviera las puertas, y venía un perro, podría cerrarlas. La idea de subir a un árbol le daba dolor de panza. Recordó el último intento: las raspaduras en las rodillas, la corteza que le lastimaba las manos, y el «No seas maricón», que le había dicho Érica cuando él amagó llorar. La última vez que había ido a buscarla para jugar, Érica no quiso salir. Federico le dijo que la odiaba, y se había ido llorando a su casa. Su madre, que lo había visto por la ventana, lo retó. Ella no le decía «llorón» como los chicos del colegio, pero Federico estaba seguro de que lo pensaba, le bastaba solo verle la cara cada vez que él empezaba a lagrimear. Salió del auto y volvió a la calle. Además de tierra, el viento ahora arrastraba ramas y hojas secas. Había oído varias veces a su mamá, cuando hablaba por teléfono, decir que él era «mucho más libre» ahí, que podía jugar en la calle sin peligro —todavía no estaban los perros—, en contacto con la naturaleza. De esa «naturaleza» a Federico no le gustaba casi nada, solo la nieve, pero ese año —lo decían los vecinos, la maestra, algunos de sus compañeros— apenas había nevado y los trineos, como el de Érica, no habían llegado a salir de las casas. El resto era un viento huracanado que apagaba una y otra vez la estufa del living, por más que su madre pusiera papel bajo la puerta y cinta adhesiva a lo largo del marco, y que muchas veces lo retenía en su casa. Y cuando no había viento, ni escarcha, estaba ese sol que, decía su madre mientras le embadurnaba la cara con protector, por algún problema con la capa de ozono, era peor que el de Buenos Aires. Y ahora, a todo eso se le sumaban los perros.
Unos días antes Federico había escuchado hablar a sus padres —las paredes de esta casa son de cartón, solía decir su padre— sobre el ataque a la niña. Al principio, desde su habitación oyó solo murmullos, pero la angustia hacía elevar cada vez más la voz a su madre. Le alcanzó con escuchar: «Le mordió la cara, Luis, la cara», para saber que estaban hablando de lo que esa mañana todos comentaban en el colegio, el ataque de un perro a una niña un poco más chica que él. Algunos dijeron que alguien había olvidado el portón abierto y el perro había escapado; otros que un viejo que odiaba a los chicos lo había entrenado para atacarlos; una niña que decía conocer a la víctima, aseguraba que el perro estaba rabioso; y los chicos del último curso, que se reían de los demás, afirmaron que era un perro de peleas clandestinas y que el dueño lo había abandonado luego de que había perdido contra un dogo. La última versión Federico la había escuchado dos noches atrás en la voz de Oscar, el hombre que trabajaba para su padre. Durante la cena, Oscar, que vivía en el pueblo pero pasaba la mayor parte de la semana en el campo, que usaba esas boinas enormes que a Federico tanto le gustaban —pero que, cuando le pidió una a su madre, ella le respondió que él jamás iba a usar— contó que los perros venían del campo. Contó que muchos de los perros que vagaban por Los Cerros solían ir a comer al basural que crecía en las afueras. A veces los perros, en lugar de volver al pueblo, seguían campo adentro y se empezaban a quedar.
—Se van cada vez más lejos, más adentro, y se van quedando —dijo.
Contó que las perras parían en el campo y que esos perros nacían salvajes, «sin conocer a las personas». También que se reunían en manadas, y que atacaban al ganado.
—Si los encontrás, les tirás —dijo, mientras Federico lo imaginaba apuntando con el rifle que siempre llevaba detrás del asiento de la camioneta— pero son rapidísimos, es muy difícil darles.
Después dijo que, por la proximidad del invierno, algunos de esos perros habían empezado a acercarse al pueblo para buscar comida.
—Y son salvajes —repitió—; no conocen a las personas.
Ahora el viento a Federico le revolvía el pelo, se lo hacía chicotear contra las orejas. Se puso la capucha de la campera porque le empezaban a doler los oídos, y tiró del cordón hasta ahorcarse y toser. El viento, en pequeños torbellinos de tierra, se volvía visible. Federico caminó contra él, haciendo fuerza, pero a los pocos metros recordó el «No seas maricón», que Érica le había dicho la última vez, desde arriba del árbol y, en lugar de seguir hasta su casa, se quedó parado frente al tronco del álamo al que ella lo había retado a subir. ¿Para las chicas era más fácil trepar? Al parecer, así era, al menos para Érica, y para su madre. Su madre, las noches en que estaba muy cansada para leerle cuentos, le contaba anécdotas de su propia infancia, en Paraguay. Le contó una vez que en la campaña, como ella le decía al campo, andaba un perro rabioso y que, con sus hermanos, cuando los vecinos gritaron que el perro venía, se habían trepado a un chivato y se habían tenido que quedar ahí hasta que se hizo de noche y el perro se fue, o lo mataron, eso Federico no lo recordaba bien porque la voz de su madre lo adormecía. De lo que estaba seguro era de que a los chivatos —su madre le había mostrado fotos en internet— era mucho más fácil trepar que a esos álamos que en Los Cerros crecían por todos lados, y a los que les brotaban centenares de ramas delgadas que les daban apariencia de velas encendidas, sobre todo cuando estaban pelados.
Al perro lo vio venir desde el lado del arroyo, habría cruzado el puentecito que Mauro y él usaban de atalaya para tirar piedras. Federico nunca lo había visto antes y, aunque la distancia le hubiera dado tiempo para volver a su casa, se quedó clavado junto al árbol. Era un perro parecido a tantos de los que andaban dando vueltas por Los Cerros: blanco y negro, pelo largo, patas gruesas; pero Federico pudo notar, por la manera en que olfateaba aquí y allá, frenético, que tenía hambre. No parecía ser un perro que se le hubiera escapado a nadie, tampoco de esos fibrosos que se usan para las peleas, lo más probable es que viniera desde el campo, que fuera uno de esos perros que había dicho Oscar: animales que no conocían a las personas, dispuestos a todo. Federico giró el cuello, como pudo, hacia el árbol. Debería treparlo, aunque se despellejara las manos y sangrara las rodillas. Pensó de qué rama debería agarrarse primero, en cuál apoyaría los pies, pero estaba como si el viento lo hubiera congelado, aunque se sentía hervir por dentro. El perro avanzaba rastrillando la tierra con el hocico, corriendo de un portón a otro en las casas que flanqueaban la calle. Parecía desentendido de él, pero Federico sabía lo rápidos que eran, Oscar lo había dicho y, ante el menor movimiento en falso, seguro le saltaba a la cara. Empezó a llorar bajito, con convulsiones de pecho contenidas. El perro alzó las orejas, le apuntó con el hocico. Se le acercó como tanteando, sin levantar demasiado la cabeza. Federico apretó los dientes para contener el grito, sintió que le costaba respirar. El perro le olisqueó los pies, Federico quería meter las manos en los bolsillos, pero no se animaba a moverlas. Contuvo el aire cuando el perro le apoyó la nariz, helada y húmeda, en el dorso de la mano.
Entonces, oyó algo, una voz, le pareció, una voz que llamaba y que venía del lado de su casa —aunque con el viento era imposible discriminar nada— y el perro se fue tras ella. Federico, que sentía el cuerpo como cuando estaba enfermo, miró de reojo para el lado hacia el que el perro se había ido y, como no lo vio, con una decisión que hubiera sorprendido a cualquiera de quiénes lo conocían, se agarró de la rama que tenía vista y apoyó el pie donde había pensado hacerlo. La rama que intentó usar para darse impulso se quebró, y él se golpeó la cara contra el tronco pero, por el frío, o por el perro, no sintió nada; pisó en la rama siguiente y comenzó a trepar. Se detuvo cuando el tronco principal comenzaba a afinarse; miró hacia abajo. Le pareció que las ramas se movían en círculos, igual que algo en su estómago. Respirando por la boca, con el mismo cuidado y lentitud que ponía para armar casitas de cartas sobre la mesa de su casa, se sentó con las piernas abiertas en una horqueta. Cerró los ojos y se abrazó al árbol como cuando era chico lo hacía a las piernas de su padre. El remolino en su estómago cesó. A esa altura el árbol mantenía su follaje intacto y lo protegía del viento, que había amainado. El viento era una brisa suave cuando abrió los ojos. A través de las hojas, entrecortados, pudo ver los techos de las casas del pueblo, los cerros, las nubes iridiscentes ahora que el sol empezaba a ponerse. Se preguntó si su madre, en la campaña, habría subido tan alto como él, incluso si alguna vez algún chico habría subido tan alto. Se sintió como cuando le mostró a su padre la estrella dorada que la maestra le había pegado en el cuaderno, y se olvidó del perro hasta que lo oyó ladrarle, allá abajo, al siberiano de Érica. Deseó que el perro salvaje lo mordiera, no mucho, lo suficiente para dejarle algún tipo de marca. Odiaba a ese siberiano desde que Érica le dijo que, solo si él tuviera los ojos como su perro, sería capaz de darle un beso. El siberiano, con la cola entre las patas, hasta capaz que lloriqueando, aunque no podía oírlo, se metió de vuelta dentro de la casa. A Federico le pareció, otra vez, oír una voz que lo llamaba. Podía tratarse de su madre, molesta porque él no se había quedado jugando frente a la casa. Pensó que podría gritarle; que viera que podía trepar igual, incluso mejor que ella; que viera hasta dónde había llegado. No lo hizo. Se quedó mirando cómo el pastel de las nubes se acentuaba, daba paso al púrpura. Entonces pensó que su madre iba a preocuparse, que si salía a buscarlo podría toparse con el perro. Las veces que se había quedado en casa solo y su madre y su padre no volvían a la hora indicada, Federico salía del cosquilleo que le empezaba a trepar por las piernas imaginando cómo sería su vida sin ellos, quién iba a cuidarlo. Todas las veces llegaba al mismo lugar: a la casa de su tía Emilse, en Buenos Aires. También se imaginaba en su antiguo colegio, con sus compañeras y compañeros, con Lucía, que le había dado una carta con un sol cuando él se fue. Todos iban a mirarlo y a comentar sobre «el chico al que se le murieron los padres». Ahora la voz sonaba más nítida, era la voz de su madre, sin dudas, y resultaba muy extraño, extraño y agradable, escucharla desde ahí arriba. Vio su cabeza, con el rodete grueso y pesado que a él tanto le gustaba, ir de un lado para el otro, como si estuviera perdida. Después su madre fue hasta el arroyo, incluso miró debajo del puente, en el agua, y a Federico se le escapó la risa. La vio volver hasta la esquina, pasar junto al árbol sin siquiera mirar hacia arriba. ¿Seguía pensando que él era incapaz de trepar? Fue hasta la casa de Mauro. Le pareció que se lastimó una pierna cuando pasó al lado de la carcasa de unos de los autos. El tono de su madre, que no dejaba de llamarlo, empezó a cambiar. Federico la siguió con la mirada, a través de las hojas, cuando ella fue a la casa de Érica. Se paró frente al portón y el primero que salió a recibirla fue el siberiano. Después llegó Érica. Federico veía a su madre levantar las manos y moverlas como una marioneta, con hilos invisibles que solo podía manejar alguien que estuviera muy alto. Érica negaba con la cabeza y se asomaba por detrás de su madre, como si mirara hacia el fondo de la calle o le dijera que ahí lo había visto por última vez. Oscurecía y, de nuevo, el viento empezaba a soplar. Federico resolvió esperar un poco más, antes de bajar. Si decidía hacerlo.