A Vicente Battista.
El teléfono empieza a sonar y el inspector Rossi deja de revolver el café. Se pone de pie con la taza en la mano. Abarca la habitación con una mirada sin poder identificar de dónde vienen los ringeos. El sonido cesa. Rossi mira sobre la mesita de luz, junto a la cama. El reloj despertador marca las diez. Rossi empuja con el pie desnudo la toalla húmeda y enroscada que hay en el piso. El teléfono suena otra vez. Ahora Rossi va hasta el saco que cuelga en la puerta del armario. Mete la mano en el bolsillo. Se lleva el aparato al oído y oye una voz que no identifica de inmediato: Echenique, el comisario Echenique. Luego de un breve diálogo, Rossi se acerca a la mesa de luz, deja la taza sobre ella y busca dentro del cajón. Anota una dirección en un pedazo de papel. Recoge la taza. Con el segundo sorbo comprueba la falta de azúcar. Se resigna. Después mira a la mujer que, desnuda e imperturbable, duerme boca abajo sobre la cama. Rossi tiene que agacharse y tantear con la mano bajo el somier para encontrar sus zapatos. Se sienta junto a la mujer. La mira otra vez. Se inclina para sentir el aroma de su cabello y después deja que su mano la recorra desde ahí hasta la punta de los pies. Se levanta y va hacia la puerta. Antes de salir vuelve y busca otro pedazo de papel. Lo apoya sobre un estante de la biblioteca y saca una birome. La sostiene, inminente, sobre el blanco del papel; después la guarda y, con una serie de rápidos y ágiles dobleces, compone una rosa. La deja junto a una de las varias miniaturas de porcelana y sale del departamento procurando no hacer ruido.
Ese día y a esa hora la autopista está vacía. Rossi conduce hacia el oeste, precisamente hacia Ciudadela. No es su área, el área correspondiente a su Departamento; pero sí es la del comisario Echenique. Él y Rossi trabajaron juntos una vez y, en atención a una particularidad del caso presente, es que Echenique recuerda a Rossi y decide convocarlo. Hay un detalle que te va a interesar, dijo Echenique; y en eso piensa Rossi ahora que el auto avanza lento por las calles de un barrio de casas bajas. Se detiene frente a un grupo de personas que se amuchan sobre un cordón policial. Rossi baja del auto. Llega junto al cordón. Un agente le impide el paso. Otro policía se acerca y le dice algo al oído. Al primer agente se le transforma la cara. Pide disculpas a Rossi y, solícito, levanta la cinta roja como si lo invitara a subir a un ring de boxeo. Son pocos los metros que lo separan de la casa. Tras una reja cubierta por una enredadera, asoma una edificación de dos plantas, visiblemente abandonada. Las paredes son grises y están descascaradas, hay tablas clavadas sobre las ventanas, y es evidente que alguien se entretuvo reventando a piedrazos los vidrios de dos faroles que cuelgan junto a la puerta principal. En la vereda hay un auto nuevo, Rossi entiende que se trata del vehículo de Echenique, y la unidad de traslados de la policía. Dos enfermeros fuman apoyados contra ella; la camilla espera adentro. Una imagen le resulta incongruente: la de un chico que abraza una pelota como un náufrago a un salvavidas. Tiene la mirada extraviada; un agente joven sostiene una libreta y parece indeciso entre hacerle preguntas o consolarlo. Rossi atraviesa la puerta de rejas. Dentro de la casa, en lo que alguna vez fue un jardín, el crecimiento del pasto y las plantas, sin orden ni control, acentúa el abandono. A un costado, de espaldas, están Echenique, el forense y dos agentes. Forman un semicírculo y miran hacia abajo. Rossi se acerca.
—Comisario —dice.
Echenique gira. Los labios finos y apretados se tuercen un poco hacia arriba. El bigote acompaña el movimiento.
—Tanto tiempo Rossi.
Rossi extiende la mano. Echenique se la estrecha y, con la que queda libre, le da unas palmadas en el hombro.
—¿Cómo andan las cosas con el Peruano? —pregunta.
Rossi responde que bien y Echenique lo palmea otra vez en el hombro. Después vuelve a apretar los labios y le presenta al forense. Dice que ya ve cómo están por ahí y que esa mañana era la ronda clasificatoria de un torneo de golf. En el piso, ahora a espaldas de Echenique y el forense, hay un cuerpo de mujer. Un plástico opaco lo cubre hasta la cintura. Las piernas separadas, en una posición casi natural, hacen pensar en alguien que llega a su casa y se tiende en la cama o el sofá sin más preocupaciones que arrancarse un rato del mundo. La mujer calza un zapato rojo; el otro está caído a un costado. Echenique y el forense se corren para dejar paso a Rossi, quien se agacha junto al cuerpo.
—No es algo bonito —advierte el forense.
Rossi levanta el plástico de una de las puntas. Se trata de una mujer joven, de entre veinte y treinta años. La cabeza está de costado, con el pelo oscuro apelmazado sobre el cuello y formando un nudo con la sangre seca. Rossi levanta el cabello con una birome. Falta la oreja completa.
—Está igual del otro lado —dice Echenique.
Rossi se incorpora. Mira el cuerpo y después una cartera, también roja, que hay un poco más allá.
—Aparentemente no falta nada —dice Echenique—. Hay un teléfono, documentos; la billetera tiene tarjetas y plata.
Rossi vuelve a revisar el cadáver. Debajo de la cabeza el pasto está manchado y la tierra húmeda y oscura, indicio de que las orejas habrían sido cortadas ahí y no en otro sitio. Delante de la mujer, sobre la tierra, se cruzan varios surcos delgados. Rossi comprueba que la mujer tiene heridas en la yema de los dedos, dos uñas rotas y otras llenas de tierra. Mira alrededor; además del zapato, no hay más que la cartera abierta. Si se trata de un crimen pasional, el asesino no se ha preocupado en fingir un robo.
—Se llamaba Claudia Muñoz —dice Echenique—, veinticuatro años según la cédula; enfermera. La encontró el chico cuando saltó la reja para buscar la pelota —agrega y hace un gesto con la cabeza hacia la calle.
Rossi se pone de pie.
—¿Cómo murió? —pregunta.
—Es pronto todavía, pero habría muerto por asfixia —responde el forense—. Hay una línea violácea alrededor del cuello, que se corresponde con un estrangulamiento. Sobre ella aparecen algunos cortes, presuntos arañazos.
—¿La puerta estaba abierta cuando llegaron? —pregunta Rossi.
Echenique ríe y mira a Rossi con sorna.
—¿El chico iba a saltar la reja si la puerta estaba abierta?
—Puede haberlo hecho por costumbre —señala Rossi—, habría que preguntarle. También al primero que respondió al aviso.
Echenique hace un gesto a uno de los agentes.
—Andá a buscarlo a Becario —ordena.
El agente sale. Cuando vuelve a entrar al jardín, lo acompaña el que Rossi había visto con el chico.
—A la orden, comisario —dice Becario.
—Becario —dice el comisario—, ¿estaba la puerta abierta cuando llegó?
Becario parece meditar la respuesta. Después dice:
—Estaba abierta, señor comisario. Cerca de la reja, en el pasto, hay una cadena.
Becario la va a buscar. Está cortada y aún conserva el candado cerrado sobre dos eslabones. Rossi imagina a un asesino sin rostro, como un fantasma, escondido detrás de la puerta de rejas, esperando. La mujer camina por la vereda y sobrepasa la puerta, el asesino sale detrás, enrosca algo alrededor de su cuello y la arrastra dentro de la casa. Las heridas del cuello pudo provocárselas ella misma al tratar de zafarse. Ahora el asesino está sobre ella, quizá apoyándole una rodilla en la espalda. Espera a que deje de luchar, de arar la tierra con los dedos, y le corta las orejas.
—Qué hijo de puta —dice Echenique—. ¿Se da cuenta por qué lo llamé?
Rossi lo mira pero no dice nada; retorna a ciertas imágenes: descampados y pastizales en las proximidades de la ruta 2, imágenes de cuerpos mutilados y la foto de un hombre colgando en medio de una celda.
—Sabía que le iba a interesar —insiste Echenique—. Bueno, ahora me voy. Los muchachos quedan a su disposición. Después me llama y nos tomamos algo.
Antes de ir hacia la puerta el comisario ordena al forense que apenas llegue el fiscal levanten todo; no quiere quilombos con los periodistas. Después cruza la puerta de rejas escoltado por los dos agentes. A Rossi le llama la atención un ligero pero constante movimiento del pasto cerca de una de las medianeras. El forense también lo nota. Rossi le indica silencio con un gesto y camina despacio hacia el lugar. Enseguida descubre el lomo sucio de un gato gris. Está encorvado y escarba la tierra. El gato levanta la cabeza, mira a Rossi y se queda inmóvil. Rossi se para en seco y procura no hacer movimientos. Luego de un instante de aparente indecisión, el gato da dos o tres saltos ágiles hacia el garaje de la casa y desaparece. Rossi va tras él. Con una mano aparta el pasto y descubre, en la puerta de madera, la abertura por donde pasó. Después se acerca al lugar donde lo vio escarbando. En la tierra no hay más que un pozo pequeño. Rossi vuelve junto al forense quien lo mira con gesto interrogante.
—Me gustaría tener una copia de su informe —dice Rossi—. Un consejo para el equipo de investigación: yo prestaría particular atención a los lugares donde la tierra fue removida últimamente. Y a la casa, buscaría huecos o posibles madrigueras.
Rossi mira el cadáver por última vez. Sabe que es imposible perseguir a todos los gatos y ratas que habitan esa casa.