Corrí hasta la sala de máquinas para avisarles a Lucio y Oscar lo que acababa de ver: tres pibes, tres pibes con secadores y botellitas en el semáforo que está apenas cruzando la calle en la esquina de acceso a la estación de servicio.
Los había visto hacía menos de dos minutos. El del Audi había estacionado en el primer surtidor. Colgué el pico en el tanque, metí el secador en el detergente y, cuando ya me mandaba sobre el parabrisas, el tipo levantó una mano y me frenó.
–Ya me lo limpiaron –dijo.
No sé qué cara habré puesto, porque medio sonrió.
–Me lo limpiaron los chicos recién, en el semáforo.
Levanté la cabeza como una suricata –así me dice Oscar cuando me ve mirando desde el surtidor hacia el fondo de la avenida, donde está el puente de la General Paz– y vi a los pibes parados en la esquina. Esperaban la luz roja para que los autos frenaran, para tirárseles encima con los secadores, como había estado a punto de hacer yo. Eran tres y, aunque estaban a varios metros, se notaba que los secadores que tenían los habían comprado en alguna casa del Barrio Chino. Los colores del mango eran chillones, tipo las bananas de plástico que te dan para el Carnaval Carioca, y las esponjas eran tan berretas que ya estaban raídas. Además de los secadores tenían botellitas de gaseosa llenas de agua con detergente. Por cómo le habían dejado el vidrio al del Audi, debía ser agua sucia. Aunque no se trata solo del agua, o de los secadores, también está la técnica. Ellos son unos improvisados, seguro, que hoy limpian vidrios, mañana venden medias o pañuelos, o directamente piden monedas o chorean. Oscar, Lucio y yo tenemos encima, cada uno, la limpieza de cientos de miles de parabrisas y lunetas, por no decir millones, que puede parecer una exageración, pero Oscar lleva catorce años acá adentro, así que puede ser.