Una mujer oscura y enorme, en el suelo, en el centro de una alfombra amarilla y marrón. Cuando pensaba en indios, en indígenas, eso era lo primero que a Julio le venía a la cabeza, una mujer oscura y enorme, en el suelo, sobre una alfombra, dormida o fingiendo dormir. Se llamaba Antonia, y era la segunda mamá de su mamá, o la primera, cronológicamente hablando. O la posta, la biológica. Estaba tirada en el suelo, en el living de su casa, a los pies de Emilse, a quien hasta entonces Julio había considerado su abuela a secas. Durante años, en vano, Antonia iba a esforzarse en conquistar su cariño. Emilse la llamaba india, La india, y para Julio, en ese momento en que ella estaba en el suelo, tenía algo de momia. Una vez la había imaginado con el vientre hueco por el puño de Ernesto, su abuelo biológico; hueco que le había dejado antes de irse de la casa, de volver a Posadas, a Misiones. De ese abuelo, de Ernesto, su madre iba a decirle que no siguiera los pasos. Y aunque aún no se lo había dicho, aunque aún no le había dicho: no sigas los pasos de tu abuelo, Julio lo intuía, intuía que ella iba a decírselo o que ella lo pensaba, y era por eso, más que por los veinte mil pesos del premio, que se aferraba, febril, a la idea de escribir un ensayo sobre un indígena del que en su vida había escuchado: Andrés Guacurarí, el Comandante Andresito.
Julio había descubierto el concurso en internet. Lo había publicado la Biblioteca Municipal de Posadas y, desde que lo había leído, la idea del ensayo había funcionado como una especie de manto, como cuando era chico y se despertaba en medio de la noche, en la casa de Emilse, y el viento silbaba afuera de la pieza o los murciélagos chillaban entre los pinos del parque y el techo de la casa y él se asustaba tanto que se cubría con la sábana hasta que todo se esfumaba. Así se echaba ahora por la espalda la idea del ensayo, como si ese acto fuera suficiente para hacer desaparecer los días que llevaba cambiando de hoteles, el viaje en el Gran Capitán o las decisiones, si es que no había actuado de manera automática, que lo habían llevado a viajar dos días en un tren medio destartalado, con las ventanas reventadas a piedrazos, con gallinas cacareando en los portaequipajes, con un sol tremendo cuarteándole la cara primero de un lado y después del otro, dos días, mil seiscientos kilómetros, para llegar a Posadas y meterse primero en un hotel y después en otro, casi de contrabando, comiéndose los últimos mangos que le quedaban hasta encontrarse con la certeza, casi delirante, de que su única posibilidad era escribir el ensayo; quería, necesitaba, olvidarse de todo eso y del último mensaje que había leído en el celular, el mensaje donde Esteban le advertía que el hermano de Inés lo andaba buscando.